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Al momento de la llegada de los europeos, Costa Rica no existía como unidad, sino que estaba habitada por diversos pueblos independientes entre sí y cuyas respectivas culturas tenían grados muy diferentes de complejidad y desarrollo. A la luz de los estudios recientes, resulta mucho más adecuado identificar dos grandes áreas principales, una región que presenta influencias de las culturas del Caribe y de Sudamérica, por lo que se le denomina área intermedia, y otra que responde a las influencias de Mesoamérica, la gran área cultural que se extiende desde Chiapas y la península de Yucatán hasta la península de Nicoya y la zona aledaña al golfo de ese nombre.

Hay evidencias arqueológicas que permiten ubicar la llegada de los primeros seres humanos a Costa Rica entre 10000 y 7000 A. C. Al contrario de lo ocurrido en otros lugares de Centroamérica, los colonizadores no lograron encontrar en Costa Rica ningún centro de población suficientemente grande como para darle el calificativo de ciudad. En sitios como Guanacaste, Turrialba, el Valle Central, Gandoca, las llanuras del Norte, la cuenca del Sarapiquí, Barva, el valle de Herradura, la cuenca del río Grande de Térraba, la cuenca del Coto Colorado, la isla del Caño y la región del Caribe vivieron grupos indígenas.

Trabajaron la jadeíta o jade social (piedras verdes o blancuzcas, tales como cuarzo, calcedonia, ópalos, serpentina, etc.), que se utilizaban como ornamento personal y después pasaban al ajuar funerario del individuo, puesto que la mayoría se ha encontrado en sepulturas.

La fuerte tradición local de trabajo en jade (iniciada hacia 500 A. C. y que se prolongaría hasta alrededor de 700 D. C.) fue mayormente independiente de influencias externas, aunque algunas piezas reflejan rasgos olmecas o mayas. Sus motivos tenían al parecer significado mítico o religioso. Los enterramientos de esta época denotan la existencia de rangos y categorías, ya que las ofrendas funerarias incluyen artefactos en jade y otras piedras verdes, metates ceremoniales, remates en piedra para bastones y cerámicas elaboradas. El número, calidad y dificultad de obtención de estos artículos servían para indicar el rango social de la persona.

También hubo un gran auge de los trabajos en oro y en guanín o tumbaga (aleación de oro y cobre), con técnicas de laminado y martillado. No hubo explotación de yacimientos mineros propiamente dichos, ya que el oro se extraía de los ríos y el cobre de afloramientos.

Los indígenas que se dedicaron a la orfebrería habitaron en el Pacífico Sur de Costa Rica, donde estaban los mayores yacimientos de oro y cobre en su estado natural. Los primeros objetos de oro fueron elaborados entre los años 400 y 500 D.C; aunque la manufactura de las piezas alcanzó su máximo esplendor unos 200 años más tarde. Entre los diseños que ellos produjeron son más frecuentes las figuras que combinan características humanas con rasgos animales, y las creaban para ser luego utilizadas en actividades rituales y también como una forma de establecer estatus de personas que eran consideradas superiores; fueran jefes o chamanes.

En la mayoría de las comunidades, el cacique desempeñaba papeles de vital importancia. Encauzaba las actividades productivas, redistribuía los excedentes, solucionaba conflictos internos e impartía justicia, dirigía las relaciones con otros grupos y tenía funciones sacerdotales. Su persona casi siempre era sagrada, llevaba vestiduras e insignias especiales y estaba rodeado de asistentes y servidores, así como de un elaborado protocolo. Los principales hechos de su vida y sus funerales solían estar caracterizados por ritos públicos complejos y solemnes. La jerarquización de la sociedad dependía en muchos aspectos de las relaciones con el cacique, ya que el rango de las personas estaba determinado por el grado de lejanía o proximidad consanguínea con él. Otros personajes como los guerreros y sacerdotes solían pertenecer a los estratos superiores, y también tenían vestimentas e insignias especiales.

 
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